No se trata de una intención artística, sino de una posición ontológica
en que deliberadamente el hombre intenta descubrir las fisuras de lo
aparencial, de las sustituciones, abrirse paso por zonas intersticiales;
consiste en que el extrañamiento resulte una condición natural
para el ser humano, que la vida sea para él una lucha constante en
vista de su propia conquista, una suerte de presencia y recomienzo
constante, es una disposición abierta y sostenida de una lectura del
mundo siempre vivencial y siempre dispuesta a desplazarse, a
descentrarse, a descubrirse.
Viktor Šklovskij introdujo el término extrañamiento[2] al dominio de los escritos del formalismo ruso. Lo opuso al automatismo perceptivo[3] que consiste en un reconocimiento
del texto poético: “Los objetos percibidos, muchas veces comienzan a
serlo por un reconocimiento: el objeto se encuentra delante nuestro,
nosotros lo sabemos, pero ya no lo vemos. Por este motivo no podemos
decir nada de él.”[4]
Šklovskij considera necesario liberar al objeto del automatismo para
autentificar así el carácter estético de la lengua poética; se apoya en
la idea aristotélica de que la lengua debe tener un carácter extraño,
sorprendente.[5]
El extrañamiento parte de la concepción del arte como “un medio de experimentar el devenir del objeto”[6],
es decir, que la dificultad y duración de la percepción de la obra
artística debe prolongar sus efectos y, para ello, es necesario crear
una percepción particular del objeto, crear su visión y no su reconocimiento.[7]
Dice Šklovskij: “El extrañamiento se parece con frecuencia a la
adivinanza: también mueve de su sitio las características del objeto.”[8] Para él, la cualidad de divergencia reside en el fondo de la percepción estética, un desplazamiento semántico que no importa a qué dirección se dirija sino que se dé.[9] Convertir lo habitual en extraño, como lo visto por primera vez:
El “discurso oblicuo, frenado” del poeta nos restituye la visión fresca, infantil, del mundo. Como la “forma retorcida, deliberadamente obstruida” interpone unos obstáculos artificiales entre el sujeto preceptor y el objeto percibido, la cadena de asociaciones habituales y de reacciones automáticas queda rota: “de ahí que logremos ver las cosas en lugar de reconocerlas simplemente.”[10]
Los obstáculos son la rutina, la costumbre
de percibir mecánicamente el mundo, como la gente que vive en la costa
acostumbrada al murmullo de las olas, ya ni siquiera las oye, o sea una percepción disminuida que es necesario contrarrestar:
Arrancando al objeto de su contexto habitual, aunando nociones dispares, el poeta da un golpe de gracia al clisé verbal, así como a las reacciones en serie concomitantes, y nos obliga a una percepción más elevada de las cosas y de su trama sensorial. El acto de la deformación creadora restaura la agudeza de nuestra percepción, dando ‘densidad’ al mundo que nos rodea. “La densidad (faktura) es la característica principal de este mundo peculiar de objetos deliberadamente construidos, cuya totalidad llamamos arte.”[11]
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